 El crecimiento de las ciudades expande y propicia el acceso de sus habitantes a nuevas oportunidades culturales y laborales.
Sin embargo, en muchos de los países latinoamericanos, el mal manejo de las urbanizaciones resulta en una significativa degradación del medio ambiente y en el incremento de la pobreza.
Para el 2025, dos tercios de los pobres de la región residirán en los grandes núcleos urbanos y, a su vez, los grupos sociales con mayor poder adquisitivo continuarán emigrando desde esos núcleos hacia pequeños conglomerados periféricos, que resultan a su entender más seguros, claudicando de esta forma al contacto con la diversidad.
Nuestra responsabilidad como proyectistas es interpretar y decodificar esa degradación, a pesar de los requerimientos e imposiciones del pequeño comitente o del gran inversionista.
Si asumiéramos una actitud proactiva reconociendo las premisas de la física, que a toda acción le corresponde una reacción, deberíamos anticiparnos a nuestra propia acción, teniendo en cuenta las características del medio ambiente e identificando los alcances de nuestras “inofensivas” pero significativas intervenciones.
Al igual que una sola célula puede degenerar todo un organismo viviente, nuestras intervenciones profesionales en las unidades celulares de la ciudad, denominadas “parcelas”, tienen la posibilidad de modificar el entorno y contribuir aún más a la degradación del mismo.
La forma más apropiada de anticiparnos e identificar las consecuencias de nuestra tarea profesional, resultaría de la evaluación previa de los impactos que la misma producirá, en mayor o menor grado.
A tal efecto, actualmente contamos con herramientas objetivas, elementos completamente mensurables, que como instrumentos de diagnóstico dejan de ser un mito superfluo y burocrático, para transformarse en soluciones viables mediante un singular procedimiento sistemático.
Los mitos son esas explicaciones o grandes relatos de las culturas que sirven para “aclarar” las creencias que no tienen justificación lógica o racional, siendo su contra cara el procedimiento científico enfocado en la determinación de las interacciones que se producirán con el medio ambiente.
El de Impacto Ambiental (EIA), ha dejado de ser ese mito superfluo y burocrático, para convertirse en una información estratégica y necesaria en la etapa previa al anteproyecto, a efectos de evitar modificaciones del proyecto terminado.
A través del conocimiento e identificación de los impactos positivos y negativos que se producirán, obtendremos la información necesaria para encontrar la forma adecuada para su mitigación, y así conseguir que nuestro proyecto resulte sustentable y articulado con el entorno.
Es nuestra responsabilidad profesional anticiparnos a los problemas antes que ellos se produzcan, siendo conveniente tomar conciencia de la necesidad de “prevención”.
La intervención del consultor a través de la realización de un Estudio de Impacto Ambiental (EIA) “acotado” o “reducido”, posibilitará prever molestas y costosas modificaciones del proyecto en su etapa ejecutiva.
Dicho estudio posee características de “ponderación, integración y participación”, dadas a través del carácter multidisciplinario del proceso, en el cual se contemplan:
. Descripción del proyecto, localización, periodo de construcción, etc.
. Descripción del ambiente existente.
. Identificación de las acciones impactantes potenciales (positivas y negativas), en la cual se efectúa un informe técnico que incluye la preparación de matrices.
. Descripción cualitativa y cuantitativa de los impactos.
. Evaluación de los mismos.
. Formulación de las medidas adecuadas para su mitigación, con la confección de alternativas y recomendaciones.
. Formulación del programa de monitoreo.
Esto permite articular soluciones puntuales para impactos específicos, evitando la necesidad de aplicar normativas generales que, muy rara vez, resultan adecuadas para cada caso en particular.
Este instrumento técnico brindará un marco de referencia, que tenderá a incidir en forma positiva en las transformaciones estructurales de la ciudad.
Actualmente es el Estado, a través de la exigencia del cumplimiento de sus leyes, quien se encarga de preservar los recursos ambientales, con el objetivo de mejorar las condiciones de vida de la población, minimizar la degradación, mitigar impactos desfavorables y evitar la destrucción de la base ecológica.
Los arquitectos, en nuestra condición de ciudadanos, usuarios y artífices de la transformación del espacio urbano, deberíamos contemplar esos objetivos como propios, a efectos de asumir una actitud adulta y responsable en la ardua tarea de organizar el crecimiento sustentable de la ciudad, tendiendo a evitar su mayor degradación y mejorando así no sólo nuestra calidad de vida, sino la de las futuras generaciones, nuestro herederos.
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